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El Saboteador |
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Joan Trigo |
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(Fijaciones psicopatológicas
cotidianas)
En primer lugar pedimos excusas si la elección de este
apodo, “el saboteador”, para designar el complejo conjunto de condicionantes
psíquicos incrustados en nuestro inconsciente que nos impiden vivir una vida
plena y activa, resulta un tanto burlesco. Es a propósito, y tiene como
objetivo quitarle el dramático protagonismo que se le da normalmente, y gracias
(y precisamente) al cual adquieren esos condicionantes una influencia tan
perniciosa en el ser humano. También puede parecer irreverente para con el
indecible sufrimiento de tantos miles de personas que sucumben de forma trágica,
sin embargo, una vez más, tratamos de sobreponemos con cualquier ayuda que
encontremos a mano, y el buen humor es una de las mejores. Decimos buen humor,
no sátira o ironía, que son alimento predilecto de tales complejos psíquicos. Este poderoso personaje, causante, obviamente de la
mayoría de las enfermedades que aquejan al ser humano, ha recibido diversos
nombres a lo largo de la historia de la humanidad. Muchos de ellos no hacen sino
reforzar su influencia por medio de la más truculenta imaginería religiosa
como es la referencia al Diablo, otros se disfrazan con los ropajes del
espiritismo, incluso la modema psicología parece cristalizarlos en peligrosas
etiquetas que refuerzan su poder, o lo que es lo mismo contribuyen a mantener
las consultas de afamados profesionales. La astrología tampoco escapa a esa
tentación deificadora y en sus niveles más bajos encontramos estereotipos
carnavalescos de la más variada catadura, como “planetas maléficos”,
“entes astrales”, etc. Pero uno de las figuras que nos parece más
ilustrativa del problema real que
produce y que además lo sitúa en su verdadera dimensión psicológica es la
del Diablo, “Shaitárn’, en El Corán, y lo es debido a su traducción
literal y directa: El Obsesionador. En efecto, el principal enganche que tienen
esos complejos mecanismos de perturbación de nuestro equilibrio es el cuadro
obsesivo que producen. Seríamos perfectamente capaces de seguir las directrices
de las místicas orientales en el vivir plenamente el aquí
y ahora sí no nos obsesionara nuestro futuro. Y en lo tocante a eso las
formas de obsesión son tan variadas como seres humanos hay en la superficie de
la tierra. A propósito de ello ese personaje recibe también en algunas
latitudes, preferentemente de influencia occidental, el apelativo de
“fantasmas". Todo el mundo sabe que no existen, pero la mayoría les
tenemos un miedo atroz; valga el ridículo contrasentido. Pero vayamos ya a
entrar en materia, y hagámoslo de la mano de esta figura por sernos de alguna
manera más familiar o folklórica. En general se trata de varios saboteadores, una jauría
de ellos, pero como aconsejamos tratarlos normalmente por separado hemos
preferido apuntar el título en singular. Es necesario tener en cuenta varias
cosas:
Los fantasmas son almas en pena, y por lo tanto dignas
de compasión. Por ello, si en la lucha cotidiana contra otros seres humanos el
Camino nos aconseja que empleemos la ira sin Odio, con razón de más nos hemos
de mostrar terminantes y enérgicos, pero compasivos con nuestros propios
saboteadores. Aniquilamos (cuando podemos) los virus y otras
epidemias para poder sobrevivir. Es aconsejable aniquilar también el odio,
porque sino este se instala (odiar es una forma de apego) en nuestro organismo
como un virus peor. Los fantasmas como cristalizaciones incorpóreas de
nuestro inconsciente tienen la peligrosísima propiedad de adoptar cualquier
forma para lograr sus objetivos, desde provocar ataques de odio, agresión,
resentimiento, rencor, hasta devota piedad. Por ello hay que tener en cuenta que una vez los hemos
denotado disfrazados de intransigente complejo de Edipo, vuelven a la carga
tocados con el yelmo de cualquier caballero del Grial, vistiendo la túnica de
Cristo o usando las lágrimas de cualquier ser amado. Siempre están al acecho, ya que no les es posible
cansarse ni desaparecer. Normalmente tienen un poder inmenso, tanto como confuso
es nuestro pensamiento. Por ello luchar en cualquiera de los terrenos donde nos
presentan batalla (siempre zafada y pocas veces detectable) resulta
tremendamente útil para crecer y madurar, precisamente porque cada victoria nos
proporciona un grado más de libertad. Gracias a nuestros psiquismos crecemos. Todo consiste
en tener o no actitud de lucha. No tenemos, por otra parte, más remedio que
luchar ya que sucumbir a las ordenes de nuestros psiquismos nos entierra en el
pozo sin fondo de nuestras dependencias hacia los demás y al mundo. Vamos a tratar aquí de las aportaciones que la
astrología médica puede ofrecer como armas de variación incansable y
constante para luchar contra esos enemigos que tanto favor nos hacen, pues,
existiendo y también ofreciendo ese constante camaleontismo. Los conceptos de astrología médica tradicional que se han explicado en anteriores capítulos han de considerarse en general como síntomas o manifestaciones externas de las verdaderas causas psíquicas que éstas somatizan dando lugar a aquellas. No puede estudiarse ninguna enfermedad por sus causas externas y tratar de silenciarlas, eso es ocultarlas. Ha de afrontarse el problema global de base; como dice Richard Bach, su origen o problema central. El autochantaje Las voces que emplea nuestro chantajista son, entre
otras:
— No puedo.
— No debo.
— No está bien.
— No soy digno.
— No es
para
mí.
— No hace falta.
— Ya está bien.
— Es mejor así.
— En este mundo se ha venido a sufrir.
— Hay que sacrificarse.
— Sumisión a la voluntad de Dios. (Y “Dios”
carga con la mayoría de nuestras inhibiciones, cobardías y demás
comodidades).
El filo de la navaja La acción contra el saboteador no se sitúa ni en su
terreno ni donde él pretende prohibimos, sino en una sutil tierra de nadie, una
frontera entre el no atreverse a hacer nada y el lanzarse al fracaso. Pocas veces un cuadro represivo o depresivo podrá
vencerse exponiéndonos a acciones extremas, porque estas, por la propia acción
saboteadora, estarán abocadas al fracaso, objetivo pretendido por el saboteador
precisamente para convencemos de la inutilidad del intento. Toda acción hacia la independencia que quiera tener éxito
ha de estar muy meditada, fría, y andar con pequeños pasos, que puedan
controlarse y cuyo éxito pueda a priori darse por seguro.
Pero no nos excedamos en el control y evitemos la acción,
ya que eso es precisamente lo que pretende el saboteador. |
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