Israel y los rotos palestinos

Gervasio Sánchez
Periodista de guerra

 

Israel ha conseguido convertir Palestina en un saco con más de 200 rotos, enclaves o guetos separados por alambradas y muros y vigilados por jóvenes soldados. En ciudades, como Hebron, uno de estos rotos, un puñado de familias ultraortodoxas y ultranacionalistas mantiene rehén a más de 100.000 palestinos con la connivencia del estado y su ejército.

Israel muestra sus músculos mientras las instituciones palestinas, denigradas y corrompidas, se descomponen. Los tanques Mercava, los nagmash, vehículos blindados que se emplean para el transporte de personal militar, rodean y entran en campos de refugiados. Helicópteros Apache y aviones F16 impiden el sueño en las noches mediante vuelos rasantes.

Un gran ejército, considerado de forma autocomplaciente por sus propios generales como el mejor del mundo, participa en una nueva guerra contra un enemigo pequeño aunque con gran capacidad de adaptación y resistencia. Los golpes individuales de las fracciones palestinas, que provocan muertos inocentes, los castigan con golpes colectivos que afectan a familias, aldeas y ciudades enteras.

Ha reducido a escombros las infraestructuras de la autoridad palestina, ha matado a activistas y de paso a decenas de civiles, ha derribado casas de sospechosos, ha devastado los campos y talado los árboles, ha convertido la vida en un sucedáneo.

Algunos militares se han dado cuenta de que los golpes del ejército dan alas a los palestinos más radicales. Las poderosas milicias fundamentalistas están dispuestas a convertirse en la alternativa de Yaser Arafat, reducido a un grito de impotencia, encerrado desde hace más de una año entre las cuatro paredes de su habitación, adosada a una montaña de ruinas.

Pero como ha escrito el escritor israelí Abraham B. Yehoshua, "pueblos muchísimo más violentos y crueles que nosotros fueron incapaces de acabar con el terrorismo si éste procede de un pueblo ocupado que carece de derechos".

Después de medio siglo de guerras con los árabes e incluso con los palestinos en territorio neutral (Líbano), Israel se enfrenta en su propia casa, en un partido interminable de muerte y violencia, con un enemigo al que le va a ser muy difícil doblegar.

Un enemigo astuto que vive protegido entre sus simpatizantes, que nunca duerme y que cuando se muestra lo hace con una virulencia letal. Un enemigo que transita entre los rotos del mapa con agudeza y astucia, que no tiene prisa porque el tiempo está de su parte.

Un millón y medio de palestinos habita en las dos terceras partes del roto más grande, Gaza, una franja también troceada para hacer espaciosa la vida de 7.000 colonos judíos en un tercio de los 440 kilómetros cuadrados, distribuidos por 19 fortalezas militarizadas. El 60% de la población es menor de 18 años, el 70% la forman refugiados y su índice de crecimiento, la simiente del futuro, es cercano al 4%, el más alto del mundo.

En los dos últimos años, este enemigo ha infringido serios daños a la economía israelí. La poderosa industria turística ha sido arrasada con la huida del 90% de los visitantes y en el año 2001 se produjo un caída de un 12% de la economía nacional . El primer ministro Ariel Sharon ha pedido 12.000 millones de euros a Estados Unidos, una tercera parte en ayuda urgente y directa, para afrontar las perdidas provocadas por la crisis económica y la intifada.

Sólo uno de cada diez palestinos sigue creyendo hoy en un acuerdo de paz con Israel. Después de la firma del Tratado de Oslo, hace casi una década, el 80% de los palestinos afirmaban que el fin del conflicto era posible. En mayo de 1996, al inicio del mandato del derechista Benjamín Netanyahu, aún llegaba al 60%, pero cayó al 44% al final de su periodo, en 1999. La política de colonización del primer ministro Ehud Barak redujo el apoyo al 24%.

La sociedad israelí está paralizada por el miedo y el desconcierto actual produce desmotivación. Los jóvenes piden destinos más cómodos en el ejército mientras los movimientos de objeción de conciencia crecen, especialmente entre los reservistas, obligados a regresar al ejército hasta que cumplen los 44 años, que se niegan a servir en los territorios ocupados por razones morales y son encarcelados.

Desde hace dos años, casi gobernados en su totalidad por Ariel Sharon, más de 700 israelíes (504 civiles) y más de 2.000 palestinos (85% desarmados) han muerto violentamente víctimas de atentados suicidas, operaciones militares de gran envergadura y enfrentamientos armados.