183 diputados sin piedad
M.
Vázquez Montalbán
Diplomáticos y enterados en general habitantes de Oriente Medio, aseguraban que la guerra contra Iraq estallaría el 3 de marzo y duraría veinte días. De momento pues estaba anunciado el negocio de la guerra, sin el cual la economía y la hegemonía estratégica de EEUU no serían lo que son, y el negocio de la postguerra, es decir, el reparto del petróleo y la inversión en la reconstrucción del país. La guerra ha llegado con algún retraso, forzados los belicistas a no retrasarla a la vista de que su fracaso en conseguir la complicidad de la ONU se acentuaba por la insumisión de la sociedad civil de buena parte del mundo. Conquistado Iraq, repartirán beneficios según las muescas que cada asaltante lleve en la pistola y a continuación el negocio de la reconstrucción insinuado por el hermano de Bush cuando prometía a Aznar extraordinarios benefícios si hacía de torna en la báscula de ángeles exterminadores. Esa cara de torna, de pequeña porción de mercancía para completar el peso, tenía Aznar en las Azores cuando Bush le pasó la mano por el lomo.
Sin cómplices en otras formaciones políticas, Aznar ligó a los 183 parlamentarios del PP para que respaldaran en las Cortes su empecinamiento belicista. Escribí por entonces que "(...)es comprensible que su amor a las causas justas les hubiera empujado a respaldar la guerra contra Iraq, porque muchos, muchísimos de los 183, ya demostraron en el pasado cuanto les repugnaban las dictaduras sangrientas, aunque no les pedía el cuerpo demostrarlo contra el general Franco, un anciano, ni contra el general Pinochet, un hispanista."
En cierto sentido el empeño belicista de Aznar era una huida hacia adelante a la vista de los fracasos de sus grandes estrategias, un presidente, in pectore, de la III República española que no había conseguido ni el sorpasso en el País Vasco, ni la reforma laboral anulada por una huelga general, ni cumplir en la lucha contra el chapapote, ni contener la inflación, ni que llegara el AVE desde Madrid a Lérida. Algo había que hacer y las 183 señorías del PP, incondicionales y alarmadas porque al presidente se le ponía acento tejano en Texas y mejicano en México DF, obedecieron su mandato y llegaron a las más líquidas complicidades como son la sangre y el petróleo.
Tal vez para esos 183 cómplices de la guerra, la muerte no figurara en los cálculos contables más habituales de los programadores del conflicto, porque los cadáveres no serán retransmitidos por la CNN. Blair, laborista, anunció que iban a matar lo menos posible y Powell, paloma entre halcones, advirtió que ha matado a más iraquíes Sadam Hussein de los que pueda matar el ejército aliado. Subversivo que se contaran y se vieran los muertos en guerras rechazadas por la inmensa mayoría de la población incluso en estados cómplices en la matanza. Esos muertos ni se verán ni se contarán.
Pocas semanas antes del comienzo de la guerra, en el Catorce Encuentro de los Hispanistas Alemanes, se hablaba en aulas y pasillos de la extraña apuesta del señor Aznar. No hay que insistir en el nivel de conocimiento a veces excepcional que algunos hispanistas extranjeros exhiben sobre lo que escribimos y lo que pensamos los españoles, pero en esta ocasión, tan excepcional como ese conocimiento era su perplejidad. Se me ocurrió pasar el asunto a la consideración de hispanistas norteamericanos y para ellos la perplejidad no tenía tanto sentido como la indiferencia. Me aseguraron que el amor loco desencadenado entre Bush y Aznar no es noticia de primera página en EEUU y al público le atrae mucho más cualquier presencia de Berlusconi, por banal que sea, que todas las presencias de Aznar tan glosadas por TVE.
Ignoro la capacidad del presidente del PP para detectar el problema de significación y no significación que plantea su sistema de señales corporales e intelectuales, pero aunque sólo sea mínimamente consciente de la impresión de irrelevancia que provoca, tal vez a esa carencia personal debamos atribuir su empeño en que España no siga en la segunda división de la Liga Global. Ya nos gustaría a todos estar en Primera División, pero a según qué precios es preferible controlar nuestra permanencia. No hay sector social que no se manifestara en contra de la guerra, y los ministros y altos cargos del PP viven sin vivir en ellos, acosados por toda clase de manifestantes que les increpan por los procedimientos empleados para el ascenso de una tal España a Primera División. ¿A qué España se refieren? Muchos no nos sentimos identificados con esa abstracción de España que necesita matar iraquíes para subir a la Primera División.
He escrito repetidas veces que, en plena II Guerra Mundial, dos jóvenes leones del franquismo triunfante, Areilza y Castiella, redactaron un tratado de reivindicaciones territoriales españolas, utilizado por Franco como piedra de toque para comprometerse a fondo con Hitler y Mussolini. Como buena parte de las pretensiones expansionistas de Areilza y Castiella para subir a primera división, significaba tocarles los territorios a la Italia de Mussolini y a la Francia de Vichy, tuvimos que seguir en la categoría regional preferente de la Historia y sólo conseguimos ascender a la segunda y optar a la primera, con la plena adaptación a la formalidad democrática conseguida en la década de los años ochenta del siglo XX, aprobada la Constitución de 1978.
La
sociedad civil de los pueblos de España no quiere que la confundan con
esa sociedad de socorros mútuos compuesta por los 183 diputados del PP
que se sumaron al belicismo de su jefe. La guerra puede ser rápida, sus
secuelas, eternas, pero conviene no olvidar a todos los responsables de este horroroso
ajuste de cuentas. Ninguno de los 183 diputados del PP que han tratado de salpicarnos
con la sangre y la mierda de esta guerra reconocen su trabajo de deconstrucción
de la razón democrática. Se juegan un lugar en la lista electoral
del 2004. Habrá que aplicarles entonces el duro peso de la Memoria.