DEMENTES

Margarita Rivière
Periodista i escriptora

¿Contra la guerra? Obvio. Elemental. Parece lo sensato: la guerra no es un bien. Y sólo los dementes pueden estar a favor de esa barbaridad. Todo el mundo lo sabe y todos interiorizan lo que años de civilización y de guerras han descubierto: se sabe como empiezan las guerras, nunca cómo se acaban. Tras el invento nuclear –Hiroshima, Hiroshima- el mundo entero podría dejar de existir: el sueño de un demente.
No hace falta mucha imaginación para prever los peores escenarios a un combate entre los ‘buenos’ y los ‘malos’, ese ‘terrorismo internacional’ detrás del cual, por cierto, puede estar cualquiera, hasta los presuntamente ‘buenos’. Ante ese ‘terrorismo’ los periodistas estamos impotentes: nos han cazado de verdad. Por ello, soy partidaria de utilizar los métodos más elementales de reflexión ante tamaño desatino: la amenaza hoy es global, nos afecta a todos en todas partes.
¿A quién beneficia la guerra? podemos preguntarnos, igual que Ágata Christie lo hacía para dar con los autores de sus crímenes. Tras esa pregunta banal quizás encontremos algo también elemental: los dementes guerreros tienen su propia lógica, se mueven, a su manera, coherentemente. De entrada, por ejemplo, ya han conseguido acojonarnos –eso es una forma elemental de sometimiento- y, lo que es más importante, que olvidemos su incompetencia para hacer que el sistema económico funcione.
No es sorprendente que importantes empresarios o americanos fuera de toda sospecha como Al Gore o Edward Kennedy estén también contra la guerra. Ellos, como claros defensores del sistema económico, creen que la guerra también va en contra de un capitalismo de mercado medianamente civilizado.
Por el contrario, los dementes parecen utilizar la guerra en la convicción de que acrecentará su poder, un poder, finalmente, económico. No les basta con lo que ya tienen: quieren el control total; quieren el mundo entero –y a nosotros- completamente a su servicio. Ello implica, por supuesto, que están convencidos de que quien no está con ellos está contra ellos. Niegan, pues, que el progreso pueda ser plural, multidireccional, variopinto. Niegan, amigos, lo elemental. Porque la realidad es plural y esa es su maravilla: nadie tiene patentes de nada, ni siquiera de la bondad o la maldad.
Los dementes partidarios de la guerra, niegan algo más elemental: el derecho a vivir que asiste a todos los seres de este planeta. Su sueño de dementes está claro: si todos desapareciéramos o les diéramos la razón creen que así podrían ser felices. Pobres ilusos. ¿Habrá alguien capaz de hacerles comprender lo mucho que nos necesitan, lo mucho que necesitan la diversidad, la pluralidad de la realidad en lugar de hacer la guerra a la realidad? ¿Cuándo se darán cuenta de que el poder total no existe?