La paz es una militancia
José Saramago, escriptor
Todos sabemos, por experiencia directa o por información, cómo se moviliza para la guerra. Tras crear el indispensable foco de conflicto, se inicia el proceso movilizador de las conciencias, con llamamientos al patriotismo elemental, invocaciones de auténticas o supuestas glorias pretéritas, desfiles cívicos o militares, grandes titulares en periódicos, himnos, banderas, discursos, imágenes multiplicadas, sonidos atronadores, y, por fin, con la frialdad irrebatible de las formas burocráticas, el edicto público y la convocatoria individual. Todavía no se ha disparado el primer tiro y esta guerra ya es santa, o justa, o necesaria, cuando no acumula todos esos atributos y otros que igualmente la justifican.
¿Y la paz? La paz, en general, no va acompañada
de adjetivos. Pero nadie ignora que a veces le llaman paz armada, lo que
obviamente significa, no ya paz, sino deliberada disposición para
la guerra. Y cuando resulta incómoda para la voracidad e impaciencia
de quienes la detestan, le dicen paz de los cementerios, trágica
paradoja lingüística que pretende presentar como inmovilidad,
muerte y putrefacción la paz que es condición de la vida.
Culturalmente, tenemos que reconocerlo, los hombres son fácilmente
movilizables para la guerra y difícilmente movilizables para la paz.
He aquí una evidencia que debería constituir un estimulante
tema de reflexión. A lo largo de la Historia, la Humanidad siempre
ha considerado o ha sido inducida a considerar la guerra como el medio más
eficaz para la resolución de conflictos, pero siempre los gobernantes
han utilizado los breves intervalos de paz para preparar la guerra. En nombre
de una paz futura se declaran todas las guerras. Para que mañana
vivan pacíficamente los hijos son sacrificados hoy los padres.
Se sabe que el hombre, históricamente educado para la guerra, transporta en su espíritu, aunque sea confusamente, un perenne anhelo de paz. El hombre intuye que lo que le conferirá humanidad no es el progreso o el desarrollo científico o tecnológico, mas sí el deseo de paz. De ahí que la paz sea usada como medio de chantaje moral por aquellos que tienen intereses en la guerra: nadie osaría confesar que hace la guerra por la guerra, jura que hace la guerra por la paz. Por eso, todos los días y en todo el mundo, se sigue enviando hombres a la guerra, sigue la guerra destruyendo a los hombres en sus propias casas.
Demasiadas veces hemos visto a gobiernos que no defienden la paz, de modo que serán los gobernados quienes tendrán que prepararla. Es tal vez una utopía que hará sonreír a los escépticos y a quienes, por servir a los señores de la guerra, no piensan nada más que en servirse a sí mismos. Son esos los que, cuando llega la hora, nos movilizan para la guerra y contra la paz, para la guerra y contra la cultura, para la guerra y contra la cooperación entre los pueblos. ¿Qué podemos hacer nosotros? Movilizarnos luchando por la paz. Ya es hora de comprender y proclamar que la única revolución realmente merecedora de tal nombre es la revolución de la paz, la que transformaría al hombre entrenado para la guerra en hombre educado para la paz y a quien la paz habría educado. Esa sería la gran revolución mental, cultural, por tanto, de la Humanidad.
Es cierto que existe una terrible desigualdad entre las formas
materiales que proclaman la necesidad de la guerra y las fuerzas morales
que defienden el derecho a la paz, pero también es cierto que nada,
a lo largo de la Historia, puede vencer la voluntad de los hombres excepto
la voluntad de otros hombres. No nos enfrentaremos con fuerzas trascendentales
sino con otros hombres. Se trata de fortalecer la voluntad de paz sobre
la voluntad de guerra. Se trata de movilizarse para la paz, sabiendo que
así defendemos la vida de la Humanidad, esta de hoy y la de mañana,
que quizá se pierda si no comenzamos a defenderla ahora mismo. La
Humanidad no es una abstracción retórica, es carne sufridora
y espíritu ansioso, y es también una inagotable esperanza.
La paz es posible si nos movilizamos por ella. En las conciencias y en las
calles. En las calles y en las conciencias.