Iraq: ¿en vísperas de la agresión?
Carlos Taibo
Profesor de Ciencias Políticas, Universidad Autónoma de Madrid.
Si hay que guiarse por una aserción relativamente común
en determinados circuitos en Washington, una vez derrocado el régimen
de Saddam Hussein, y tras el presumible procesamiento de sus máximos
dirigentes, Estados Unidos colocaría Iraq al mando de un general
norteamericano que gobernaría interinamente con el doble objetivo
de garantizar la integridad del país y de evitar posibles injerencias
externas (entre las que no se contarían, claro, las de EE.UU.). Ése
fue el modelo aplicado en Japón, con MacArthur en papel protagonista,
después de 1945.
La fórmula invocada tendría, una utilidad adicional para Washington.
No se olvide que la existencia del régimen de Saddam Hussein ha venido
a justificar, durante años, un notabilísimo despliegue militar
estadounidense en el golfo Pérsico. En buena ley, la desaparición
del régimen mencionado debería acarrear una reducción
significativa en los niveles de la presencia militar norteamericana, algo
que no parece estar, hoy por hoy, y conforme a los intereses geoestratégicos
y geoeconómicos en juego, en la agenda de Washington. No es casual
que el Congreso de EE.UU. haya discutido ya la conveniencia de mantener
en Iraq un contingente de 40.000 soldados durante un plazo de diez años.
Tampoco lo es, que EE.UU. haya declarado su firme propósito de proteger,
durante la guerra, los yacimientos de petróleo y los oleoductos,
a buen seguro que no para garantizar el bienestar futuro del pueblo iraquí,
sino para mejorar la cuenta de resultados de las grandes empresas del sector.
Significativo resulta al respecto que en el otoño de 2002 el presidente
Bush se mostrase dispuesto a repartir, entre los países decididos
a colaborar en la operación militar liderada por Washington, los
beneficios que -en el terreno de esa preciosa materia prima energética-
depararía un Iraq bajo control norteamericano.
Concluida la etapa de férula militar norteamericana, podrían abrirse camino dos horizontes distintos. El primero es el de un gobierno asentado en el acuerdo entre instancias y facciones dispares (restos del Baaz, miembros de las fuerzas armadas, líderes tribales sunníes, formaciones políticas kurdas y chiíes), acaso sobre la base del modelo que encabeza Hamid Karzai en Afganistán. Tal gobierno podría contar con un presidente sunní, un primer ministro kurdo y un tribunal constitucional en manos de un chií, reparto que respondería, como es fácil intuir, al propósito de frenar imaginables, y nada desdeñables, movimientos centrífugos. Muchos expertos dudan de que semejante perspectiva garantice la interesada estabilidad que Estados Unidos desea imponer, tanto más cuanto que todas las instancias y facciones invocadas exhiben, o exhibirán en su momento, una manifiesta debilidad.
El segundo de los horizontes acarrearía la consolidación en Iraq de un régimen autoritario, ahora volcado, eso sí, en provecho de los intereses de Estados Unidos y, en general, de las potencias occidentales. Al fin y al cabo, ésa parece haber sido la opción que justificó, en 1991, la instauración del embargo sobre Iraq. En la versión del corresponsal diplomático del New York Times, el siempre polémico Lawrence Friedman, se trataba de generar las condiciones que permitiesen el despliegue de un golpe militar y la transferencia del poder a una junta, presumiblemente encabezada por un sunní, tan severa como sumisa en lo que respecta a garantías ofrecidas a los intereses energéticos foráneos.
A la luz de las intuiciones que acabamos de manejar parece servida una conclusión: no hay ningún motivo para concluir que, tras una imaginable acción militar estadounidense, en Iraq va a ver la luz una sociedad libre, democrática y solidaria. Lo que el presidente Bush desea imponer es, a buen seguro, un gobierno títere, y ello por mucho que la retórica oficial identifique, del lado norteamericano, un presunto compromiso con la causa de la estabilidad, la prosperidad y el progreso en todo el Oriente Próximo. Así los hechos, tampoco hay motivo alguno para concluir que los sufrimientos del pueblo iraquí -víctima hoy de una doble opresión: la ejercida por el régimen de Saddam Hussein y la derivada de un macabro embargo internacional alentado por Estados Unidos- están llamados a terminar.